Medio siglo de confusión y lucha

16 marzo, 2026


Pedro Cazes Camarero y Graciela Draguicevich

El colectivo “de hecho” conformado por las organizaciones de derechos humanos de la Argentina enfrenta próximamente la conmemoración del cincuentenario del golpe de estado de marzo de 1976. Lo hace en un contexto internacional abrumado por los vientos de la guerra y un país inmerso en una profunda recesión económica y una crítica situación política. Ese simbólico aniversario nos desafía no sólo a reinterpretar el pasado, sino a reorganizarnos en vista de las nubes ominosas que oscurecen el horizonte.

El golpe genocida cívico-militar de 1976 ahogó en sangre a la militancia socialista y revolucionaria de los años ’60 y ’70, pero también lo hizo con la democracia argentina. En su afán de reconstruir a su gusto la arquitectura social y política de la nación, cometieron toda suerte de tropelías sobre las amplias mayorías de la nación. La respuesta de las masas fue la construcción de organismos denominados “de derechos humanos”, constituidos originalmente por allegados y familiares de las víctimas. Sus reclamos, al principio, se reducían a conocer el destino de sus seres queridos, pero su firmeza y persistencia los llevó a constituirse en importantes factores de la derrota dictatorial.

Todos los argentinos debemos agradecer la lucha de las organizaciones de derechos humanos. A partir de la caída de la tiranía en 1983, construyeron un territorio casi inexpugnable de gran reconocimiento internacional, albergaron a nuevas generaciones de militantes y se asumieron a sí mismos como garantes de la recobrada democracia. Ahora bien, la diversidad de la composición que los caracteriza, habla a las claras de un espacio de múltiple adhesión a la condena social al terrorismo de Estado, con toda la heterogeneidad del espectro político que convoca dicha meta. No es un secreto que numerosas corrientes políticas, cuya acción abarca mucho más allá de los derechos humanos, participan actualmente de ese espacio.

Sin embargo, semejante variedad enmascara un hecho que desmiente tanta convicción democrática. El movimiento de derechos humanos de la Argentina nunca se permitió profundizar en los objetivos de una parte importante de lo que se llama genéricamente “los treinta mil”, obliterando la épica de los integrantes de aquellas estructuras declaradas ilegales por la dictadura. Muchas veces por ignorancia, otras por temor a las represalias, pero sobre todo por desacuerdo político, la heroica gesta de los revolucionarios armados socialistas de la generación del ’70 ha sido silenciada. Sus integrantes soportaron una abrumadora proporción de abatidos, desaparecidos, torturados, presos y exiliados, pese a lo cual parece ser que hay una decisión tomada: la de disimular los verdaderos objetivos de sus luchas.
La democracia política que sucedió a la sanguinaria tiranía cívico- militar, por supuesto, es infinitamente mejor a la dictadura. Pero después de más de cuatro décadas, vemos que ha sido una frustración en muchos sentidos para las grandes mayorías. Económicamente, lo esencial de la herencia autocrática sigue vigente. La ley de entidades financieras de Martínez de Hoz ha permanecido durante los gobiernos de todo pelaje. Después de muchos zigzagueos, la proporción de la riqueza producida que reciben los pobres y asalariados sigue clavada en la del final de la dictadura, un cuarenta por ciento. En cuanto a la política, la democracia formal tampoco se ha lucido. Decenas de víctimas han sido sembradas por los gobiernos supuestamente democráticos. En tres oportunidades sucesivas, el neoliberalismo recomenzó la aplicación del plan de Martínez de Hoz y de Cavallo. Es la misma supuesta democracia neoliberal que impera en Europa occidental y en muchas naciones latinoamericanas.

Allá por los años setenta, nadie se hacía ilusiones acerca de la democracia capitalista. Predominaba en nuestros sueños una Patria Socialista. Un cerco conceptual discrimina hoy los ideales de una ética de nuevo tipo, el igualitarismo y la hermandad socialista han sido silenciados, y se intenta expulsar a los sobrevivientes de la epopeya revolucionaria del movimiento de los derechos humanos. Supuestas corrientes de izquierda, en la realidad neoliberales, apegadas a un dogmatismo obsoleto, “almas bellas” importadoras de nobles causas sociales procedentes de los países centrales, tratan de aislar a las ideas de insurgencia revolucionaria.

Aquellos que fuimos víctimas de una atroz represión a la que azarosamente sobrevivimos, enarbolando las banderas revolucionarias y enfrentando al capitalismo neocolonial en nuestra juventud, en compañía de los treinta mil compañeres detenides desaparecides que invocan los organismos de derechos humanos, nos consideramos una vez más con derecho a expresar nuestro parecer en esta importante efemérides. Queremos decirles a quienes quieran escucharnos, que durante más de cuatro décadas hemos luchado juntos por la sangre mezclada de nuestros mártires y nuestros héroes. Que agradecemos la compañía de quienes han acudido a nuestra lucha común en todos estos años.

Pero también queremos señalar que no toleraremos más que nuestras metas históricas no aparezcan en los contenidos ni en las consignas, cada vez más lastimeras. Se está produciendo un escenario de disolución de contenidos en un marco de guerra cognitiva público y notorio. Cada vez que nos lanzamos a las calles y caminos de nuestra patria, acompañando a la lucha de nuestros compañeros en sus territorios, las asambleas de jubilados despojados y de vecinos inermes frente al extractivismo como hace más de medio siglo, hay quienes nos confrontan desde el interior de nuestro campo. A ellos les decimos que la unidad se afianza en la lucha, no en la parálisis.

No marcharemos con aquellos que durante largos años de gobierno nos negaron el acceso a los archivos de la dictadura, ni con los que rehusaron resolver la segunda desaparición de Jorge Julio López y de Silvia Supo. Ni con los que nombraron funcionarios a César Milani y Sergio Berni. Ni con los encubridores de los homicidios de Darío y Maxi, o los que entregaron nuestra agua a la empresa sionista Mekorot. No marchamos con los encubridores de la masacre de once, ni con los que encubrieron el asesinato de Mariano Ferreyra. Marcharemos, en cambio, en compañía de los que son los primeros en salir al combate y los últimos que se retiran, en compañía de la columna infinita de los héroes del pasado y los del porvenir, de las generaciones venideras que nos recordarán con orgullo y como el espejo en el que desearán contemplarse para siempre.

Asociación Mutual Sentimiento

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