Centro Comunal de Abastecimiento El Galpón


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Por Ramiro Sáenz

Cosas Ricas, ecológicas y rentables

Largo es el camino empedrado que hay que recorrer para llegar desde Federico Lacroze al 4172 hasta el galpón amarillo del fondo. Largo fue el camino que el proyecto recorrió en estos 5 años hasta llegar al éxito actual. Primero, fue necesaria una mesa con altoparlantes que avise que “al fondo” se vendían verduras y comestibles. Después el boca en boca hizo su parte. Más tarde, aparecieron los medios atraídos por el público y la rareza de este mercado que, desde la economía social, se dedica a los productos orgánicos, naturales y ecológicos en un contexto tan artificial como la Ciudad de Buenos Aires.

“Al principio nos tuvimos que aguantar que no se vendía nada, no venía nadie, pero con el tiempo la gente fue llegando”, cuenta uno de los productores casi abrazado a una horma de queso. Hoy, son casi 400 las cooperativas que llegan con sus productos al galpón. Existen además, en sus 32 módulos, cooperativas de productores y empresas familiares que ofrecen su producción directamente a los consumidores, sin intermediarios.
El galpón es un Centro Comunal de Almacenamiento que abre sus puertas los miércoles y sábados de 9 a 18 horas. Entre 2.000 y 3.000 personas llegan cada uno de esos días para encontrarse con productos de huerta, de granja, cosméticos, productos procesados, de panadería, pastas, vinos, lácteos, mieles, aceitunas, etc. Todos ellos sin agrotóxicos ni conservantes artificiales. Se ofrecen además, otros productos para llevar una vida sana y alternativa a la que se plantea desde los grandes supermercados: desde toallitas femeninas lavables y piojicidas no tóxicos a potabilizadores de agua pero en su variante reciclable. Además, un buffet ofrece comida gourmet elaborada con las materias primas que se venden en el galpón permitiendo un pequeño descanso luego de las compras. Se pueden degustar allí espesas cervezas artesanales o vinos de autor a precios razonables.
Los inicios

El proyecto del Centro Comunal de Abastecimiento nació a partir de la experiencia del mercado del trueque que desde 2001 había encontrado un centro en el edificio de la Mutual Sentimiento. “La economía social siempre estuvo entre nuestros proyectos y cuando la feria del trueque implotó empezamos a construir un nuevo espacio. Estábamos construyendo El galpón”, cuenta Graciela Draguicevich, presidenta de la Mutual. De a poco se fue convocando a productores, especialmente cooperativas de las zonas rurales más cercanas a la Ciudad de Buenos Aires. Estaba claro que quienes se sumaran debían cumplir con los preceptos básicos de economía solidaria y sustentable, sin trabajo esclavo ni trabajo infantil, con igualdad de género, sin la utilización de agrotóxicos u otros químicos que puedan ser perjudiciales para la salud o para el medio ambiente.
En el inicio fue fundamental la relación con el programa del INTA Cambio Rural, que reúne en grupos a los pequeños y medianos empresarios agropecuarios para encontrar soluciones integrales mediante una labor conjunta. El objetivo principal del programa es el uso eficiente de los recursos, de las materias primas y herramientas. Por ello fomenta la organización y el asociativismo para la compra de maquinaria, la obtención de créditos, la mejora en la producción, etc. En estos pequeños grupos fue que el Centro Comunal de Abastecimiento encontró sus primeros productores. Ellos, a su vez, encontraron una boca de expendio en el centro de la Capital Federal, donde se les daba un mayor valor monetario y cultural a sus productos orgánicos. Con el tiempo se fueron sumando otros emprendimientos autogestivos que compartían esta filosofía. Hoy hay una lista de espera de productores que quieren participar del proyecto.

La Gestión

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La lleva adelante el Consejo Directivo de la Mutual Sentimiento, con la participación de dos delegados de los productores. En aquellos casos que lo amerite se hacen asambleas con todos los participantes. Se toman muchísimas precauciones al momento de evaluar quién ingresa y quién debe esperar, para evitar que la competencia asfixie a alguna de las dos partes. Se impulsa que el emprendimiento productivo se mantenga estable en su nivel de ventas, para la incorporación de un nuevo vendedor que ofrezca el mismo producto o uno similar.
La mayoría de los emprendimientos que participan de El galpón se mantienen con este proyecto u obtienen una entrada importante que les permite volver a invertir en su producción. Cada uno trabaja lunes y martes, para vender el miércoles y vuelve a producir el jueves y el viernes para estar en el mercado el sábado. Debido a que el público crece, desde la Mutual piensan abrir El galpón un día más a la semana, pero para ello deben aguardar a que todos los participantes puedan reacondicionar sus tiempos de trabajo.
Los productores de El galpón cuentan, además, con la posibilidad de acceder al programa de microcréditos que ofrece el Ministerio de Desarrollo Social de la Nación. La Mutual ayuda en la gestión de los créditos, que son utilizados, en muchos casos, para solucionar los problemas de flete que los productores tienen desde la provincia al galpón. “Antes me tenía que tomar dos trenes y un colectivo con los quesos y los fiambres. Con el tiempo me pude comprar una camionetita para traer más cosas”, agrega uno de los vendedores de lácteos. Otros, los utilizan para comprar el equipamiento que los ayude a producir mejor, aunque se desalienta el uso de máquinas en lugar de personas, apostando a ofrecer más empleos. De los microcréditos otorgados sólo el 0,01% está impago, y ninguno de los emprendimientos sobrevive gracias a otros subsidios. Demuestran así, que con inteligente gestión la economía social también es rica y autosustentable.
El crecimiento de este Centro de Abastecimiento permite dar trabajo a 21 personas en tareas referidas a su administración, gestión y manutención. Todos en blanco. Una gran parte formados profesionalmente. Se tiene pensado contratar más trabajadores en los meses entrantes, una vez que el mercado amplíe los días de apertura. En total, hay más de 250 familias que viven del proyecto, entre productores, vendedores y empleados. Los productos ofrecidos cuentan con la certificación de los técnicos agrónomos del INTA que trabajan mano a mano con los productores de El galpón para mejorar sus producciones.

Los vicios de la cadena de precios

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La reconstrucción de la soberanía alimentaria. Uno de los principales logros de este mercado fue ponerle fin a la intermediación ociosa. Los que venden son los que producen y eso permite precios accesibles y lo que se denomina transmisión de la cultura del campo a la mesa. Desde la Mutual Sentimiento se hizo un análisis de la cadena de precios de algunos productos muy específicos de la canasta familiar. Encontraron lo que muchos ya sabían: pequeños productores pobres que venden a precios bajísimos y consumidores pobres que compran a precios altísimos. En medio, quedaban los especuladores que acopian la mercadería para que el precio suba o que prefieren exportar a mercados con mejores ofertas sin que les importe la alimentación local. Trasladan al precio de los productos sus propios costos y el precio de su juego comercial. Fue así que decidieron poner frente a frente al productor con el consumidor. Como resultado, los productos llegan más frescos y las dos partes logran el precio justo.
Avanzan a contramano sobre el afán de lucro de las grandes corporaciones que planifican qué se come, cuándo y dónde. Como afirma la activista española Esther Vivas, “lo que comemos viene determinado por grandes intereses económicos que no tienen en cuenta nuestras necesidades alimenticias ni los límites de producción del planeta; los recursos naturales están privatizados. Los alimentos se han convertido en una mercancía donde su valor original, el de alimentarnos, ha quedado en un segundo plano”.
Contra ello se opone la soberanía alimentaria, una de las banderas que se enarbolan en El galpón: el derecho de los pueblos a controlar sus políticas agrícolas y alimentarias; el derecho a decidir qué cultivar, qué comer y cómo comercializar; a producir localmente respetando el territorio; a tener el control de los recursos naturales: el agua, las semillas, la tierra.
Al galpón se han acercado empresas que quieren exportar su producción por la calidad y el valor agregado a través de lo orgánico. Ven potenciales mercados en el exterior que harían muy redituable el negocio, pero estos proyectos fueron rechazados por parte de la Mutual, ya que el mercado nacional aún no está satisfecho y se vulneraría la soberanía alimentaria. Por su parte, los productores también rechazaron la oferta debido a que los requerimientos que ponen las empresas que hacen a la certificación de las mercaderías para la exportación harían muy altos los costos.

Relaciones humanas antes que comerciales

En el Centro Comunal de Abastecimiento, los productores se transforman en vendedores directos, pero con un agregado, sienten el compromiso de explicar al consumidor cómo elaboraron sus productos. Cómo los criaron o plantaron. Con qué los alimentaron, con que los armaron o con qué los regaron. Se les hace imprescindible concientizar a quien les compra, de la importancia del no uso de agrotóxicos ni de hormonas que afecten la salud o contaminen el planeta. El comprador se lleva a su casa no sólo algo noble, sano y de calidad, sino que también se acerca un poco más al consumo responsable.
Las relaciones humanas vuelven a aparecer vinculando las dos partes. Se charla y se comparten saberes. Los consumidores son escuchados por el propio productor que toma las opiniones y las vuelca en la mejora de su producto o en la elaboración de un producto nuevo. Aparecen desde variedades de quesos con nombres de clientes, inventores o portadores de la receta, a nuevos tipos de pastas adaptadas a las necesidades de la salud de la persona que las compra regularmente. Como dice uno de los productores, “tengo clientes que están en tratamiento de quimioterapia o radioterapia y que me compran a mí porque saben que no les voy a vender algo que yo no consumiría”.
Es claro que las preocupaciones del proyecto avanzan por sobre lo comercial. En ese sentido se ofrecen cursos de capacitación en permacultura, huerta, buenas prácticas, masas integrales, fabricación de cerveza y vino, etc. A todos los cursantes se les brinda la debida certificación.

El éxito orgánico

Es indudable que la base del éxito de este centro comunal de abastecimiento está en la elección de ofrecer, desde la economía sustentable, productos orgánicos, no transgénicos, sin tóxicos y ecológicos. Así encontraron un nicho en el mercado porteño de venta de alimentos.
Desde hace ya varios años, en los Países del Primer Mundo, se ha formado un sector del público que se preocupa por su alimentación como parte inseparable de una buena salud. La producción y venta de alimentos orgánicos vienen a dar respuesta a estos consumidores que cada vez prestan mayor atención a la innecesaria ingestión de químicos de las explotaciones agrícolas y ganaderas que son nocivos para la salud y deterioran el medio ambiente. En ello se basa el consumo responsable.
La Argentina es uno de los principales productores mundiales de orgánicos, pero enfoca su producción netamente a la agro exportación, pasando por alto las necesidades de los consumidores locales. En la Ciudad de Buenos Aires son pocos los lugares donde se pueden encontrar este tipo de productos. El público que busca orgánicos está compuesto por personas de alto poder adquisitivo, que están dispuestas a pagar un poco más por llevarse un producto sano y de calidad. Desde un comienzo, el proyecto del centro comunal de abastecimiento ha apuntado a este tipo de público, sin perder de vista a otros segmentos de públicos como tampoco el acercamiento a los vecinos del barrio

 

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